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El viaje a la semilla

Soy descendiente de migrantes. Mi abuelita materna nació en un Centro Poblado llamado Ñauza, que queda a 40 minutos en auto desde el centro de Huánuco. Esta fue mi segunda visita. La primera vez fue en el 2007, época donde no había luz, agua ni desagüe. Me cuentan que las cosas ahora están cambiadas. Que ahora sí hay luz, que se ven novelas, películas y hasta hay un Hotel por ahí.

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Llegué al anochecer y se sentí mucho frío. Después de saludar, conversar y comer me metí a la cama. Las tías (allá decimos tí@ a los adultos y [email protected] a los niños, sin saber muy bien si lo son) me brindaron muchas frazadas para abrigarne. Los primitos me enseñaron sus perritos, sus gatos, los chanchos y los carneros en el corral. Una perrita había tenido cachorros hace poco y sus chillidos me mantuvieron en vela casi toda la noche.

Al día siguiente me levanté temprano y después de saludar, tomar ponche, comer pan y agradecer a mis tías por la atención, me despedí por un rato de ellas. ¿A dónde vas?-me preguntaron. Voy a dar una vuelta– Les respondí. Mi primito y yo caminamos cuesta arriba con el objetivo de llegar a la parte más alta.

Caminábamos mientras sacábamos fotos de rato en rato. Vimos muchas chacras, animales comiendo hierbas, mujeres pasteando carneros, ovejas y toros. Había hombres cortando y transportando leña. Yo me sentía como una turista en medio de gente que llevaba el mismo estilo de vida de mis antepasados. Mientras contemplábamos la vista hacia abajo, se nos acercó un señor  y nos preguntó de dónde veníamos. Le contamos que teníamos familia por ahí y de inmediato se presentó con nombre y apellido, ante nuestra extrañeza concluyó en decirnos que era hijo del primo lejano de mi bisabuelo. Gentilmente nos invitó a sus tierras a observar el proceso de fumigación de los sembríos de maíces y papas. Nos explicó el procedimiento mientras posaba para las fotos. Para que lleves de recuerdo a Lima y vean cómo se trabaja acá- me dijo.

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Por la tarde fuimos a visitar las chacras de mi abuelita. En medio de un viaje de 30 minutos en carro por un sendero que no estaba asfaltado y que cada vez se tornaba circularmente remoto, mi abuelita nos hablaba sobre la época en que recorría esos caminos a pie. En sus tierras abundan las plantaciones de papas y eucaliptos. En el transcurso de nuestra visita al lugar, mi tío nos alentaba a asumir nuestro papel de “Agrodescendientes”.

Regresamos al centro y paseamos por la plaza de Ñauza, dimos unas cuantas vueltas y almorzamos en la casa de una tía. Mientras estaba afuera sacando fotos a una niña, de pronto sale alguien de la casa y me dice: entra a almorzar limeña. Y efectivamente me sentía limeña por todos lados. Tal vez la falta de costumbre, o era que mientras estaba ahí no me sacaba de la cabeza el disco Urban Hymns de The Verbe, o quizás porque necesitaba una ducha y allá no había una propiamente…

Luego del almuerzo estuvimos caminando por el pasto empinado mientras observábamos a los carneros y burros.  Nos sentamos y estuvimos charlando. Más tarde nos dirigimos a la casa de otro tío. Yo iba en búsqueda de mi prima F. con quien congenié muy bien durante mi primera visita. Ella tenía 14 años y se encargaba de pastear a los toros. En aquella vez, yo la veía desde lejos mientras arreaba a esos robustos animales. Ella de rato en rato se acercaba a mi lado y me abrazaba. No sé de dónde venía tanta familiaridad para ser la primera vez que nos conocíamos, pero yo la aceptaba sin chistar y señalando a uno de sus toros que venía hacia nosotras. Ella se reía de mi escaza experiencia bucólica y reía con más fuerza cuando me espantaba por los mosquitos.

Aquel día no la vi. Ella se había ido a pastear su ganado a un lugar más alejado. En medio de la conversación con los tíos, mi primo me sacó casi arrastrando a caminar. De pronto noté que un par de niños nos acompañaban, uno de ellos era el hijo de mi prima F. Los niños nos guiaron hacia los senderos que había recorrido en mi primera visita. Caminamos por detrás de la casa hacia las chacras, entramos al colegio abandonado donde una vez les dije a mis primas que enseñaría cuando termine la universidad, escribimos nuestros nombres en la pared, nos trepamos a los árboles, seguimos senderos, llegamos a una casa abandonada donde una abuelita había fallecido, entramos a un corral vacío donde arrancamos unas plantas que los niños llamaban caña, buscamos algún arroyo de agua. Al llegar, los niños tomaron agua del río y se comieron las hojas de muña. Luego, nos echamos al pasto a descansar. Al regresar, los perros no nos reconocieron.

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De vuelta en casa, mi tía nos invitó unas carnecitas fritas y el agua de muña más rica del mundo. Mientras conversábamos salió a relucir una frase que me llamó la atención: lo que el marido dice, se hace. Casi me atoro, y de pronto recordé lo que otra tía dijo cuando llegamos. Nos contó que los jóvenes se van de Ñauza y muy pocos regresan porque ya no les gusta el estilo de vida del campo. Eso pasa y también es cierto que mucho le debemos al campo. Mientras estuvimos en el cementerio visitando las tumbas de mis bisabuelos hablamos sobre la importancia de sus vidas. Sin ellos no existiríamos hoy.

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Autor: Maricruz Gutiérrez

Escribo, investigo, saco fotos y viajo (no necesariamente en ese orden :P). Me pueden leer en mi blog de viajes "En el trayecto" (rramuzci.wordpress.com) También estoy en instagram: mrcrzgtrrz

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